L’octubre de 1976 va aparèixer el primer número de ”El viejo topo”, amb col·laboracions d’escriptors i intel·lectuals pròxims a l’esquerra de l’època. La revista tenia un dossier central, anomenat “Topoteca”, que aviat es va centrar en temes polítics però que en aquell primer número es va dedicar a un tema prou explosiu per al moment: “Droga y literatura”, amb col·laboracions de José Luis Giménez-Frontín, Marcel Unbewsste, Octavio Paz –de qui es van antologar fragments del llibre “Corriente alterna”-, Biel Mesquida, Raúl Núñez i Claudi Montañà, a més d’un quadre cronològic i un “Manifiesto para la despenalización del cannabis” firmat per escriptors i intel·lectuals francesos. En rescatem l’article de Claudi Montañà, el més relacionat amb el rock i la contracultura”.

Josep Maria Ripoll

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DERROTAS

Me recuerdo adolescente buscando ansioso en un diccionario la palabra “benzedrina”. Tempraneras enseñanzas de Jack Kerouac en una edición latinoamericana de On the Road (páginas pringosas y tapas de virgo remendado con chapuzas de pegamento imedio), joya compartida por amigos y compañeros. La letra impresa de las novelas de Kerouac me hizo plantear, por primera vez en la vida, si quería ir a alguna parte o simplemente ir… Desconocía aún el terrible aullido de Allen Ginsberg, cuyo patetismo literario iba a convertirse en vivencia personal, casi cotidiana:
“He visto las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, hambrientas histéricas desnudas, arrastrándose de madrugada por las calles de los negros en busca de una droga urgente imperiosa.”
La llamada beat generation arrasaba con el torrente revulsivo de su semen los frágiles y esquizoides confines existentes (?) entre experimento literario y experiencia vital. Enlazando con la desmesura de Antonin Artaud, Jacques Vaché o Henri Michaux, muchos escritores beat se reían de la vocación de voyeurs que tenían Walter Benjamin o Peter Laurie al pretender vivir analíticamente la experiencia de la droga para poder escribir, luego, sobre ella. La única alternativa era lanzarse por la vida a tumba abierta, asuminedo la existencia de posibles precipicios; y encontrarse, en cada recodo, con el centelleo incesante de unos fuegos de artificio o con apocalípticos signos de una inevitable autodestrucción. Sin duda fue la clarividencia de esta opción la que impulsó los versos de Philip Lamantia:
“Cuando el día es iluminado por nuestros mágicos candiles y las horas aúllan sus sádicas canciones y succionan con ahínco en la noche cuando los gatos invaden nuestros cráneos entonces sabremos que los destructores han surgido en el mundo para observar nacer los cataclismos como la ola de fuego final que se derrama de sus corazones.”
El tema de la droga está omnipresente en la vida y las obras de los más significativos representantes de este núcleo de autores – Corso, Burroughs, Kerouac, Ferlinghetti, Lamantia, Ginsberg – que dinamitaron las encorsetadas convenciones literarias en los USA de los años cincuenta. Junto a la droga, la mística del “viaje” y la pasión por el jazz (cuya estructura rítmica era propuesta por Kerouac como modelo poético) constituyeron los pilares argumentales de la poesía y la narrativa beat.

LA “ROCK CULTURE

Herederos por vía natural de la beat generation, los jóvenes norteamericanos que cumplen su mayoría de edad en los primeros años sesenta van a llevar hasta sus últimas consecuencias los postulados de aquella generación. Con la diferencia a favor (o en contra) de estar viviendo unos tiempos de mayor prosperidad económica y de haber conseguido un poder adquisitivo impensable veinte años antes. Los tres pilares esmerilados que tipificaron la literatura beat devienen leit motiv juvenil – aunque juventud ¿de qué raza? ¿de qué sexo? ¿de qué clase social? – en los dos grandes imperios angloparlantes; drogas, viajes (nómadas o sedentarios) y música vertebran la rock culture. El consumo de drogas pasa a ser masivo y el jazz pierde su cetro a manos del rock. Era el comienzo de una nueva utopía.
Los contactos más intensos entre droga y literatura durante la “década prodigiosa”, se dieron a través de lo que genéricamente se apellidó “rock”. Algunas de sus letras son fiel exponente de ingenuidades multicolores reflejadas en el espejo cristalino de la marihuana, del ácido, de la heroína… La compleja percepción de lo que suele considerarse “realidad” se acentúa caóticamente bajo el efecto de la hierba. Bob Dylan lo describió en Ballad of a Thin Man:

“Entras en la habitación / con el lápiz en la mano / ves a alguien desnudo / y te preguntas ¿quién es este hombre? / Lo intentas con ganas / pero no puedes comprender / lo que dirás / cuando vuelvas a casa.”

Sin embargo, salvo casos excepcionales – y Dylan es uno de ellos-, la poesía rock no pasó de ser funcional sin superar casi nunca la mediocridad literaria. La acidulzura de sus palabras, la sequedad en la garganta, sus apocalípticas metáforas, la expresión de un desinhibido afán lúdico constituyen hoy tan sólo el testimonio de una época – tal vez irrepetible – de ensoñación colectiva. Años en los que Jim Morrison se hacía eco del pálpito generacional y gritaba: “Queremos el mundo y lo queremos ahora.” Por otra parte, en Inglaterra (con el lastre del puritanismo victoriano y pese a un sensible aggiornamento moral) las posibilidades de expresión eran mucho menos flexibles que en Estados Unidos. Incluso grupos míticos y poderosos como los Beatles y los Rolling Stones (caudalosa fuente de divisas para el Tesoro real) tuvieron problemas al tratar en sus letras el tema de la droga. Por ejemplo, la canción A Day in the Life (Lennon/McCartney) fue prohibida por la BBC a causa de una supuesta apología de la marihuana.

“Me encantaría ponerte en onda. / Me desperté, salté de la cama / me pasé un peine por el pelo / bajé las escaleras, tomé una taza de té / y, al levantar la vista ví que era tarde. / Encontré el abrigo y me puse el sombrero, / llegué al autobús en diez segundos justos / subí y me fumé un pitillo, / alguien habló y me puse a soñar.”

Ello hizo necesario en Gran Bretaña la utilización de un lenguaje críptico, escudado a menudo por el surrealismo o ciencia-ficción, del que da excelente muestra Pink Floyd…

DEL ENCANTO AL DESENCANTO

El encanto de color celeste y sabor a ácido coincidió con el esplendor delos hippies y comunas, de la psicodelia y el aún inmaculado underground. Mediaba la década. Timothy Leary había popularizado el L.S.D., August “Owsley” Stanley III fabricaba ácido a nivel industrial en un laboratorio clandestino y Ken Kesey lo utilizaba en sus acid tests (trips colectivos) con participación de Grateful Dead, Jefferson Airplane y otros grupos californianos. La música del encanto estaba compuesta por Jefferson Airplane y sus versos los había escrito Grace Slick, parodiando la Alicia de Lewis Carroll ¿Cambiar tu mente o cambiar el mundo? A lo peor…

“Una píldora te agranda / Y una píldora te achica. / Y las que te da tu madre / No te hacen absolutamente nada. / Ve y pregúntale a Alicia / Cuando vuela a tres metros de altura / … / Cuando la lógica y la proporción / Se han caído pesadas y muertas / Y el Caballero Blanco habla al revés / Y la Reina Roja ha perdido la cabeza, / Recuerda lo que dijo el lirón: / “Alimenta tu cabeza.”

El desencanto tiene color pardo y negro, pese al blancor del polvo que penetra en las venas. Había comenzado una nueva década con la profecía de John Lennon: “El sueño terminó.” El sistema había vencido de nuevo, y el fracaso era más llevadero, aliviándolo con hard drugs. La heroína pasa a ser “la droga de los años 70”. Los añejos versos de Lou Reed resultaron premonitorios. La auto-destrucción deviene única esperanza:

“He tomado una importante decisión, / voy a intentar destruir mi vida. / Pues cuando la sangre comienza a fluir / Cuando absorbe la última gota de la jeringuilla, / Cuando sólo tengo relación con la muerte / Y cuando vosotros, ni siquiera vosotros, podéis ya nada impedir, / Ni todas vosotras, tontas amigas con vuestra animada charla. / Iros todos a la mierda…”

Claudi Montañà