Heus aquí dos articles sobre les comunes. El primer és una introducció i uns fragments del llibre “Las Comunas: Alternativa a la familia” de Josep Maria Carandell, publicat a la revista “Nuevo Fotogramas”, 1973 (llibre publicat l’any anterior per Tusquest).
El segon article, “Conunas de carne y hueso” és de Pau Maragall amagat sota el pseudònim de Pau Malvido i publicat el 1976 a la revista Star núm. 30.
Un mateix tema des de dos enfocaments absolutament diferents. El primer és el de l’intel·lectual progressista. És una anàlisi històrica de les comunes, principalment alemanyes dels anys 60, que Carandell coneixia, admirava i idealitzava a l’època com a pràctiques d’avantguarda. El segon, “Comunas de carne y hueso”, de Pau Maragall és la anàlisis del resistent que reflexiona sobre les comunes des de l’interior per posar de relleu els problemes de gènere, de diferències econòmiques, de dependències no resoltes… i provar de resoldre’ls. Mentre l’article de Carandell navegava, el 1972, a la recerca de avançats experiments alemanys, Maragall, al 1976, es submergeix en la vida quotidiana i les dificultats de les relacions interpersonals.

Aquí trobareu el dos aricles en format pdf:
Las Comunas, alternativa a la familia_reseña_Nuevo Fotogramas_1973.pdf
Comunas de carne y hueso_Revista Star núm.30,1976.pdf

Articles: J.M.CarandellPau Maragall

J.M.Carandell

NUEVAS EXPERIENCIAS: VIVIR EN COMUNIDAD
Reseña del libro Las comunas: alternativa a la familia de J.M.Carandell publicada en Nuevo Fotogramas.1973.

Escrito en un estilo fácil y directo, el autor explica una de las experiencias más apasionantes de nuestro tiempo: la de los jóvenes que en el mundo de la contracultura ensayan la vida en común, al margen de la familia, en viviendas urbanas o agrícolas.
En la primera parte del libro se da una visión panorámica del proceso histórico, pues el deseo de vivir en común es tan antiguo como el hombre. Pero se insiste, sobre todo, en aquellos experimentos que diversos sectores de la sociedad, como los artistas, los actores, los obreros, los jóvenes, o los grupos políticos han llevado a cabo. Y, naturalmente, dedica una especial atención a aquellos grupos marginados y contraculturales de América y de Europa, que han creado las verdaderas comunas de signo moderno.
En la segunda parte se habla del ejemplo concreto de las comunas berlinesas llamadas UNO y DOS, pues en ellas, por su radicalidad, puede verse mejor que en las otras la riqueza de aspectos que aparece en este tipo de experiencias: la convivencia, el trabajo, la sexualidad, la reforma del hombre interior, la igualdad de los sexos, etcétera.
La actualidad del tema no puede ser mayor, incluso en nuestro país, cuando ha entrado en plena crisis la tradicional familia; gobernada autoritariamente, los jóvenes buscan una salida, que combine la libertad con la imprescindible necesidad de convivencia, para la plena realización creadora de los jóvenes, de los hombres y mujeres de hoy.

UNA PAGINA SOBRE LA COMUNA 1, DE BERLÍN

La comuna pretendía alcanzar la felicidad del individuo mediante la supresión de las tensiones psíquicas, de la agresividad en las relaciones del grupo y de todo prejuicio y costumbre burgueses coaccionadores. Estas fuerzas, liberadas del individuo y de la comuna, serían canalizadas en una etapa posterior hacia afuera, como energía revolucionaria… El principal cometido debía ser, por lo tanto, la revolución de la vida cotidiana y muy especialmente de la vida de relación interpersonal y sexual. En primer lugar se trataba de destruir la vida privada, la “privacidad”, ese espacio de defensa personal contra los embates exteriores, que los alemanes necesitan mucho más que cualquier otro pueblo para proteger su yo tan débil como excesivo. En segundo lugar, cada comunero debía abrir su interioridad a los otros para ser curados todos y cada uno por medio de la terapia de grupo psicoanalítica. En tercer lugar reglamentaron expresamente la prohibición de las relaciones sexuales por parejas para evitar el amor y la fidelidad burgueses, así como la descomposición del grupo en células familiares…


Reunión en SDS para la formación de las cominas

LA VIDA DIARIA Y LA EROTIZACiON DE LA COMUNA 2, DE BERLÍN

En la vida diaria el momento de mayor comunicación dentro de la comuna solía ser después de la cena, cuando bailaban, libremente se acariciaban, jugaban con los niños y discutían. Eberhard informa sobre una noche cualquiera: “…una empieza a bailar, le imitan los niños, y otros tres en el rincón. Los niños dan tantas vueltas en círculo que caen mareados y quieren ponerse sobre nuestros hombros. Esto es pesado, pero divertido… Bebo un sorbo de vino; se discute sobre quién irá a buscar cigarrillos y sobre si debe prepararse té. Yo me evado, porque, de todos modos, nunca lo bebo por la noche; hago gimnasia con los niños entre la mesa y los colchones…”.
Todo esto conduce a la erotización del trabajo así como a la necesidad de convertir la comuna en centro de erotismo, pero queda todavía por completar la idea iniciada sobre la división del trabajo sexual. A pesar de la aparente igualdad de los sexos y de la imitación enriquecedora de uno por otro, La comuna 2 muestra claramente que la igualdad estaba lejos de ser completa. Las chicas que tenían pareja en la comuna presentaban, en efecto, características distintas de las que no las tenían (por necesidad o por voluntad). Y aquellas características señalaban en el sentido de una clara pervivencia de la sumisión de la mujer al hombre. En última instancia, la comuna era una invención masculina…


^Algunos miembros de la K1. Dieter Kunzelmann, Dorotea Ridder, Hans Joachim Hameister, Fritz Teufel, Dagmar Seehuber y Ulrich Enzensberger.^^

SOBRE LAS COMUNAS Y EL ANTIAUTORITARISMO

Al principio, en 1966 y 1967, la mera existencia de comunas en Europa y América era ya motivo de escándalo y contra ellas se revolvía la sociedad. Pero para las comunas antiautoritarias, el escándalo era un objetivo principal, pues desataba reacciones insospechadamente virulentas en sociedades democráticas que se precian de no ser represivas. Refiriéndose a los comuneros alemanes, Kai Hermann, tras criticar duramente la actuación de éstos, observa: “Lograron que la superioridad quedase más en ridículo que ellos”. Y también: “La comuna había conseguido que la autoridad apareciese tal como la izquierda de los estudiantes quería verla: ingenua y sin recursos, y al mismo tiempo, virulenta y brutal”.
Además del desenmascaramiento de la sociedad, las comunas antiautoritarias, y, en general, todas las comunas contraculturales, tienen otro objetivo primordial: la revolución personal y la revolución de la vida cotidiana, que no son en esencia otra cosa que la destrucción del autoritarismo en las personas, para tener acceso a una vida libre, creadora y no alienada. La historia de este itinerario ofrece numerosos fracasos concretos, como en el ejemplo de las comunas pioneras alemanas, pero también presenta una constante multiplicación de los experimentos. Puede decirse que han fracasado aquellas comunas concretas, pero de ningún modo las aspiraciones de la vida comunitaria, como alternativa a un mundo cada vez más atomizado en partículas cerradas e insolidarias.

Tusquets Editor, Cuadernos íntimos. Barcelona, 1972.

Pau Maragall

COMUNAS DE CARNE Y HUESO
Pau Maragall

Digo carne y hueso porque las comunas parecen fantasmas cuando aparecen en revistas y anuncios. Es frecuente leer el típico mensaje del “tío perdido en esta mierda de sociedad” que busca “comuna fraternal” y otros milagros. No tengo nada contra las comunas y los milagros. Al contrario: cuantas más comunas y cuantos más milagros, mejor. Lo que aquí pretendo es, tras varios años de vivir y ver experiencias comuneras, pensar en lo que pasa en realidad en las comunas, pensar sobre todo en sus problemas. Las ventajas ya son sabidas. Mucha gente ha soñado en su comuna ideal. Los problemas sólo los saben quienes los han vivido, e incluso éstos muchas veces los esconden (para no bajar la moral del grupo) o los exageran (porque han fracasado y necesitan justificar su propia derrota). Es muy frecuente oír “todo va de puta madre, nos entendemos muy bien” en medio de sonrisas dedicadas al auditorio, o bien “ya se sabe, vivir con más gente es un lío inmenso, nadie se aclara, no hay nada que hacer”.
Para intentar pensar en las comunas he cogido varios puntos importantes y me he basado en un tipo determinado de comunas: las comunas urbanas más bien pobretonas, de personal joven más o menos desmadrado. No entran aquí las comunas ricas, las formadas por gente con carrera, oficio y plata, como aquella famosa Itaca de un barrio alto de Barcelona, con sus casi veinte miembros, su organización pensada durante un año, sus buenos ingresos, sus coches, su progresismo serio y mesurado. O como aquella otra comunidad agrícola, cerca de la frontera, en la provincia de Gerona, en la que te piden un millón (sí, un millón) de rupias al entrar, con cantidad de hectáreas y ambiciosos proyectos rodeados de una ideología progre-kibutzziana, impresa en su correspondiente manifiesto. (Kibutzziana viene de kibutz, la granja agrícola comunitaria típica de Israel.) Que los progres y profesionales monten sus comunas me parece muy bien. Como ya tienen trabajo y edad, pueden permitirse cierta seriedad disponiendo de una abundancia de medios que los jóvenes asqueados de la vida familiar no tienen. Lo más frecuente es que gente joven sin trabajo fijo (y muchas veces ni tan siquiera eventual) se largue de su casa paterna, harta del muermo familiar y de la perspectiva que le espera, y se agrupe casi por necesidad, juntando la poca plata que tiene para poder alquilar un piso en el que vive más o menos apretadilla. Huye de los consejos paternos: “búscate un trabajo fijo, aunque sea empezando por lo más bajo, acaba la mili, busca novia, busca piso y cásate”, o bien en plan más moderno y más rico: “acaba la carrera, te buscamos una buena colocación, puedes quedarte en casa siempre que quieras, puedes salir por ahí con amigos y amigas incluso semanas enteras…, pero…” (siempre hay algún pero, alguna forma de control, algo que se debe dar a cambio de tantas facilidades).
¿Dónde estás, mamá?
En fin, que la gente se larga porque es demasiado gordo el desfase que hay entre lo que la familia le exige y lo que quiere en realidad. Aquí empieza el primer problema para las comunas: las costumbres familiares. Por muy rebelde que uno sea, estar en casa de papá significa comer y dormir allí, tener ropa limpia, agua caliente, no pagar gas, luz y agua, no pagar alquiler. Para cubrir esas necesidades hacen falta, en una comuna, tres cosas: tener dinero para pagarlas, tener marcha para hacerlas y tener el humor de hacerlas en común. Parece una tontería, parece algo evidente, pero no es tan fácil. De la falta de plata ya hablaré más adelante. De momento fijémonos en las otras dos condiciones. La inercia familiar es mucho más fuerte de lo que normalmente se cree. La costumbre de que muchas cosas te las den hechas (sobre todo los varones, porque las tías están más acostumbradas y mentalizadas para currar en el asunto doméstico) es una costumbre que continúa dándose en las comunas aunque se disfrace de muchas maneras. Para un joven desmadrado (sobre todo si es varón, insisto) lo de la cocina y la comida y la limpieza es una tontería comparado con los locos proyectos que llenan su cabeza, comparado con las experiencias desmadrosas que le absorben, comparado con las pasiones que le atosigan. Esta es la primera excusa. Además, como hay más gente por allí, alguien hará algo, alguien se preocupará del asunto alimenticio. Y si no, en última instancia, se puede comer cualquier chorrada en el bar de al lado y si no hay plata todavía queda el recurso de ir a casa de los “viejos” (los papis) a comer. Y eso es lo que los papis esperan: que los hijos vayan comer a casa. Eso demuestra que ellos (los papis) tenían razón, que el nene todavía no está preparado para vivir por su cuenta, que los padres todavía son indispensables, que todavía hay que cuidar al chico. Y todo eso se nota. Uno puede despistar más o menos, pero en el fondo mantiene la conciencia de una cierta dependencia de la familia, y esa dependencia aumenta cuantas más veces va uno a comer a casa de los papis, sobretodo si encima no se quiere admitir esa dependencia y se hacen chulerías y demostraciones de rebeldía para compensar o encubrirla. De esta forma resulta que cuanta más rebeldía se demuestra, más dependencia en realidad va pesando en el interior de cada uno. Y así, infinitamente, el ciclo se mantiene. Lo de la comida es un símbolo de toda una forma de actuar, pero no sólo es un símbolo: es una realidad importante. Comer significa alimentarse a uno mismo, cuidarse a sí mismo. Si no se es capaz de cocinar y de alimentarse, malo. Quiere decir que muchas cosas fallan en la pretendida autonomía personal. Lo mismo puede decirse de un mínimo de limpieza y de tener ropa, la ropa que cada uno guste y necesite. Todos estos “detalles” no son en realidad detalles, son cosas de primera importancia, es lo primero que debe aprender una comuna. Además, si esto falla, aparte de lo que significa a nivel personal para cada uno, inevitablemente se producirán problemas colectivos, malos rollos entre los miembros de las comunas. Porque si el rollo de la autonomía y de la dependencia puede ser un rollo de cada cual y cada cual lo lleva como puede y encuentra su equilibrio entre lo uno y lo otro (porque la cosa siempre es una mezcla, nunca hay autonomía total o dependencia total), el asunto se complica cuando se hace conjuntamente. Lo de “siempre habrá alguien que se preocupe”, la confianza en los demás como solución a todo es un mal rollo. Es la costumbre familiar trasladada a la comuna, es el parasitismo de unos a costa de otros o a costa de todos, porque a veces ese “alguien que siempre se preocupa” no existe y entonces la cosa va de bocadillo colectivo en el bar o todos en casa de los papis. Y si hay alguien que se preocupa, pobre de él. Ese tendrá que hacer de papá o de mamá. Sobre todo de mamá. Las tías que en las comunas se preocupan de la comida van dadas. La gente, por inercia, se apalanca, se abandona a lo que en cada momento sea la solución más cómoda. Y todo esto se acaba con cabreos, gente quemada, harta, pasividad generalizada. La confianza ciega en la espontaneidad, en que todo saldrá bien porque somos tan cojonudos y tan modernos viviendo todos juntos, no acostumbra a dar buen resultado. En nombre de la espontaneidad y de la fraternidad se puede llegar a un muermo considerable. Si hay suerte y coinciden gentes similares o complementarias puede salir bien. Si no es así, hay que apechugar con el problema, discutirlo, aprender. Tampoco se puede pedir que la gente salga de su casa perfectamente preparada para la vida de comuna. Hay que comprender que es necesario un aprendizaje.
En algunas tribus “salvajes”, cuando los jóvenes llegan a cierta edad se les prepara para la vida en la selva y se les abandona en medio de ella para que aprendan a sobrevivir. Cuando regresan son considerados aptos para la vida comunitaria. En nuestra sociedad nadie nos prepara para nada. La familia nos protege y nos da consejos inútiles, la enseñanza más bien procura que la gente pierda su capacidad de aprender. No estaría mal pensar en un aprendizaje adecuado, luego soltar al jovencito en medio de la “selva urbana” (la jungla de asfalto), dejar que viva por sí mismo una temporadita (que busque piso, que se haga la comida, etc.) y luego que pase a formar parte de una comuna. Para estar juntos hace falta saber estar solo. Una persona que haya vivido personalmente todos los problemas básicos de una ciudad está en condiciones de apechugar y entender la parte de responsabilidad que le toca en una comuna.


Il·lustració de l’article d’Star de R. Crumb

LOS CLANES Y LOS COLGAOS

Y con el tema de la soledad y la convivencia entramos en otro de los grandes problemas de las comunas: el amontonamiento, la falta de vida privada, la pegajosidad, la típica comuna-pandilla-de-colegio. Cuando en una comuna nadie sabe hacer nada por sí solo, cuando siempre depende de lo que hagan los demás, cuando nadie tiene actividades y objetivos propios, cuando todo se diluye en la típica pregunta “¿Qué hacemos?” (que es como no decir nada), entonces la cosa no puede funcionar. Incluso cuando hay alguna actividad conjunta continuada (todos trabajan en lo mismo, todos hacen artesanía, todos hacen teatro, etc.), incluso en ese caso es imprescindible un mínimo de iniciativa personal, un mínimo de espacio propio, un mínimo de soledad. Es frecuente que en las comunas, cuando alguien invita a un amigo, se sienta obligado a presentar al invitado al resto de la comunidad, se sienta culpable si se aparta del resto para estar a solas con su amigo. Y no me refiero aquí a cuestiones sentimentales fuertes o a relaciones sexuales, sino simplemente a las ganas de charlar tranquilamente sin interferencias con una persona amiga. El vicio del amontonamiento responde a lo mismo de antes, a la incapacidad de autonomía de los demás. La consecuencia de esto es que la comuna se cierra sobre sí misma, sus miembros son incapaces de relacionarse con el exterior aisladamente, todo debe hacerse en grupo, los visitantes o amigos personales de cada uno se flipan ante la impenetrable complicidad del grupo…, y la cosa, una vez más, acaba por estallar cuando ya todo el mundo se ahoga, cuando se agotan las posibilidades de la complicidad cerrada, cuando la gente necesita aire nuevo de forma desesperada. Por otra parte, el amontonamiento produce más amontonamiento y así sucesivamente hasta el límite. (El problema de las comunas es que casi siempre acostumbran a llegar a un límite.)
Cuando una comuna es una masa indiferenciada de sujetos pasivos y dependientes los unos de los otros, es muy fácil que otros sujetos pasivos dependientes se apunten al follón. Uno más no importa, otro más tampoco… Hay que tener en cuenta que por la ciudad pululan cantidad de “colgaos”, elementos rebotados de otras comunas, yonquis que buscan un techo, tíos perdidos, tíos nuevos recién llegados, gente solitaria tras una crisis sentimental. Si uno de estos elementos (cualquiera de nosotros puede encontrarse en una situación de este tipo en un momento dado) va un día a una comuna y se encuentra con un ambiente activo, en el que todo el mundo está enrollado haciendo sus cosas y las cosas de todos, el tinglado funciona, tiene un ritmo, etc., entonces el tío colgao va a una comuna en la que todo el mundo está tirado, nadie hace nada por su cuenta y reina la “masa amorfa”, y se apuntará rápidamente al rollo, aumentando aún más el nivel de pasividad de la comuna. Un tío colgao no es negativo en sí mismo, todo el mundo puede quedar colgao en algún momento. Lo que pasa es que muchas comunas no son lo suficientemente activas o lo suficientemente claras (claras en el sentido de que no sean amorfas y amontonadas) como para poder aceptar a un colgao sin problemas. En definitiva, el problema de los colgaos es el mismo problema que el de las comunas: si las comunas no funcionan habrá más colgaos que no encuentren su sitio y viceversa, cuantos más colgaos y perdidos más difícil será que haya comunas estables porque los colgaos irán de comuna en comuna actuando como un peso muerto en ellas. Así que el problema es de todos y como tal debe ser aceptado.


Dibuix publicat a la revista Star, possiblement de Ceesepe

NO BUSQUEN AL CULPABLE

Ya sé que esto de momento es imposible. Aunque el problema sea de todos, la realidad es que todos nosotros estamos demasiado dispersos para poder pensar en problemas colectivos. Demasiado acuciados por problemas de supervivencia inmediata. Hay muy poca comunicación, pocos lugares de encuentro. La sociedad tiende a dividirnos aún más, nos obliga a competir entre nosotros mismos para encontrar trabajos, casas, chollos. Y así muchos colgaos van a parar a los lugares que la sociedad les tiene reservados: manicomios, cárceles, reformatorios, delincuencia, suicidios. Es importante tener en cuenta esto, que la sociedad no la hemos hecho nosotros. Hemos nacido en ella, nos han estado preparando para algo que luego resulta que no existe, para algo de lo que nosotros no queremos saber nada. Y no sólo no queremos. Es que tampoco podemos: ¿dónde están los “trabajos dignos” que nos prometieron?, ¿dónde están los pisos asequibles?, ¿dónde se aplica la “ciencia” que aprenden los estudiantes? Es normal que al no poder ni querer seguir el camino “previsto” nos quedemos en cueros, con toda una carga dentro y teniéndolo que inventar todo fuera. Y entonces nos dicen que somos “raros”. Y a veces nosotros nos lo creemos demasiado. De hecho a la sociedad (o sea a la clase que domina) le interesa que haya “raros” muy “raros”, para demostrar que todos los demás son “normales”. Cuando en realidad todo es raro, absurdo, irracional. La sociedad entera, tal como funciona, es rara, monstruosa. Y a veces es útil que algunos, sólo algunos, unos pocos, sean los aparentemente “raros”. Todo lo demás queda a salvo. Y por eso la sociedad habla tanto del “problema de la juventud”, del “problema de la delincuencia”, del “problema de las drogas”. Esos “problemas” van bien para entretener al público y no dejar que aparezca el problema gordo que es el problema de toda la sociedad.
En fin, habría mucho que hablar de todo esto. Básicamente se dan dos posturas entre la gente comunera que conozco. Primero, los que se consideran tan “raros” que parece que no tengan nada que ver con la sociedad que les ha parido. Se consideran casi totalmente “incontaminados”, capaces de vivir una vida totalmente diferente. Y si algo fracasa entonces se culpabilizan ellos mismos. Si fracasa la convivencia, ellos son los únicos culpables. Se acusan a sí mismos, acusan a los demás. Normal: si eran capaces de todo, si estaban “incontaminados”, ¿quién puede tener la culpa sino ellos mismos? No se acuerdan de que han vivido una gran parte de su vida adaptándose a la vida familiar, a la disciplina escolar, a la mentalidad competitiva, a la manía posesiva. No se acuerdan de que todo eso ha calado hondo dentro de cada uno y de que el ambiente exterior continúa presionando fuertemente en el mismo sentido. La falta de comprensión de estos límites o cargas internas y externas produce estragos: gente culpabilizada, gente quemada, gente traumatizada. Gente que se ha creído obligada a seguir el “buen rollo” pasando de todo, hasta de sus propios límites.
En el otro extremo están aquellos que todo lo atribuyen a la “mierda de sociedad” y pasan de intentar nada, o lo intentan pero justificando el fracaso de antemano: si las relaciones sexuales van mal, es por culpa de la educación, si la convivencia no funciona, es por culpa de la mentalidad competitiva “que nos han metido dentro”. Y así se quedan. Arrastrándose, conformándose con sus miserias porque ya tienen un “culpable” a mano.
Yo creo que la manía de buscar “culpables”, tanto sea dentro como fuera, es una manía inútil. Sobre todo si en eso se gasta la energía y se toma como excusa. Es necesario comprender de dónde vienen las cosas, claro está. Pero comprender no quiere decir justificar o aceptar ni tampoco solucionar, cada uno debe llegar a conocer sus propios límites (y esto a veces sólo se consigue a base de pegarse hostias por exceso o defecto) y, conociéndolos, respetarlos cuando no se pueden superar, aceptarlos, y empujar por el lado más favorable para llegar a una situación mejor que permita superarlos en cierta medida. Dejarse llegar a una situación mejor que permita superarlos en cierta medida. Dejarse de culpabilidades y hacer lo que en cada momento sea más favorable.
Ya sé que repartir slogans y frasecitas es bastante tonto, tan tonto como la manía de los yanquis de ir soltando “consejos” absurdos. “All is in your mind” (“Todo está en tu mente”) y rollos así. Pero por lo que he visto y vivido, por lo que continúo viendo y viviendo en carne propia, me da rabia que la energía que nos ha dado la negativa a seguir el camino “previsto” se pierda en luchas inútiles. Como la de muchos de estos nuevos “hippies-intelectualizados” que todo lo saben, todo lo discuten, se pasan los días sincerándose, analizando las causas internas y externas… y, sin embargo, no consiguen avanzar. En este terreno he visto comportamientos que, de tan racionales, de tan ideológicamente correctos, llegan a extremos de auténtica crueldad con los demás y consigo mismos. Gente que para hacer corresponder su vida con sus ideas (que acostumbran a ser muchas y muy “avanzadas”) se somete al más puro masoquismo, perdiendo el más mínimo atisbo de instintividad, de flexibilidad, de placer. Su único placer consiste en comprobar que siguen por el camino indicado, y así aguantan todo lo que se les eche. Si hay envidia, se la esconden. Si tienen celos se los tragan. Y cuantas más cosas aguantan sin rechistar, más discuten y elaboran sus teorías y análisis. La afectividad, las pasiones, todo queda sometido al lenguaje del análisis. Mal asunto, señores. Si para ser “avanzados” hemos de amuermarnos toda la vida, el juego no vale la pena. Y en esto los que fabrican teorías avanzadas deben andarse con cuidado. Porque una teoría sin un camino práctico puede destrozar a más de uno. Quienes piensan que “cuantas más teorías avanzadas se difundan mejor que mejor” se quedan sólo a mitad del camino. Porque una cosa es la letra impresa y el discurso y otra cosa es la vida de cada día. En esto los “extendedores” de teorías se parecen un poco a los expendedores de pornografía: se justifican diciendo que cuanta más teta al aire en las revistas, más liberación sexual. Yo lo dudo.
Y si aquí hablo de los defectos y problemas que tienen las comunas es para intentar despejar el camino hacia comunas más fáciles, cómodas, activas. Cuando arremeto contra las costumbres familiares que perviven dentro de las comunas no lo hago para que nadie se sienta culpable y a partir de mañana deje de ir a comer a casa de sus padres. No. Cada cual lleva su ritmo y es su práctica la que le permitirá hacer esto o aquello. Lo único que considero indispensable es reconocer los problemas, dejar de esconderlos. Pero reconocer los problemas no significa solucionarlos, por mucho que se piense en ellos, por mucho que se discutan. Pensar y discutir ayuda (siempre que no se llegue a los extremos de “crueldad intelectual” a los que me refería antes). Pero lo que realmente transforma es la práctica, lo que hacemos y sentimos cada día. A veces hay problemas que uno resuelve aparentemente pero que continúan actuando por dentro. Cogiendo el ejemplo de comer en casa de los papis: uno puede decidir no ir nunca más a comer allí. Y, sin embargo, la dependencia, la incapacidad de saber alimentarse y cuidarse a sí mismo puede continuar exactamente igual. Y esa incapacidad recaerá sobre otras personas que se verán obligadas a hacer de papi o de mami. Ser dependiente no es ningún pecado. Nos fabrican así. Si se quiere superar en algún grado hay que reconocerlo, admitirlo y actuar en la práctica, aprender. Y en ese aprendizaje hay saltos bruscos, adelante y atrás. Hay momentos en que las cosas pensadas, leídas o habladas se convierten en realidad porque se experimentan en uno mismo. Y hay que darse marcha para que este momento llegue. Si uno se queda tirado sabiendo grandes verdades pero sin haberlas vivido, pues como si nada.

Y MUCHAS MÁS COSAS

Metiéndome en todo este rollo de las teorías y psicología he perdido el espacio que hubiera necesitado para hablar de muchas otras cosas que se me quedan en el tintero. Como las comunas-pensión, que son las contrarias a las de pandilla amontonada y amorfa, aquellas en las que la gente se limita a pagar lo que debe y a tener su habitación sin tener apenas ningún contacto con el resto de la gente. Como el asunto de las drogas, los hábitos de los círculos porreros trasladados a las comunas, la influencia del LSD en todo aquello de los límites personales. Como las comunas que desarrollan una actividad exterior común, las cooperativas, etc. Como lo de la crisis económica (en los años 60 las comunas fardaban de pasar de la sociedad de consumo, hoy en día más bien se quejan de no poder consumir nada).
Pero como tampoco soy una enciclopedia me quedo ya más que harto con lo dicho hasta ahora, al menos de momento. Cosas vividas, pensadas a trozos, que de repente se aglomeran en el papel, adquiriendo, eso también es cierto, una coherencia de lo escrito que es un poco peligrosa. Pasar del coco a la letra no deja de ser un vacile. Y al final lo escrito parece como si se alejase del autor y se declarase independiente: un producto, una mercancía. Y demasiadas mercancías de utilidad dudosa corren ya por ahí, sustituyendo a las necesidades reales y a la vida. ¡¡Marcha o muermo, venceremos!!
Pau Malvido

Dedicado con mucho cariño a todos los comuneros, a los “sin nombre”, a los “cocoteros”, a los del Taller, a los “médicos”, a los “pearson”, a los campestres, a los de Horta, a los “blanquecinos”, a los “valencianos”, a los de J. Oriol, a los de comunajo, a los “bruquianos”, a los de Nueve Barrios y a tantos otros de los que ahora no me acuerdo porque tengo el coco lleno ya. No veas.

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