Portada de l’Ajoblanco 23, 1977

La utopía en la punta de los dedos, J.M.Martí Font
Article publicat anteriorment a La Vanguardia el 28 de maig de 2014

En la primera mitad de la década de los setenta, en Barcelona, mientras la generación de la gauche divine – los niños de la Guerra Civil – se organizaba en la militancia política preparándose para tomar las riendas del país, algunos de sus hermanos pequeños – miembros del baby boom – ya habían decidido que el franquismo se había acabado y que había que vivir como si esta premisa fuera cierta; una asunción un tanto arriesgada con el dictador todavía vivo en El Pardo. Fue así como un grupo de veinteañeros se confabularon para sacar a la calle una revista bautizada Ajoblanco que, empezando por su cabecera, escapaba a todo lo que en aquel momento se podía encontrar en los quioscos de un país encorsetado, como en lista de espera, pendiente de lo que se llamaba “el hecho biológico” para poder entrar de una vez en el mundo contemporáneo. Ahora, cuatro décadas después, bajo el título La revista Ajoblanco. Ruptura, contestación y vitalismo (1977-1999) el Centro Cultural Conde Duque, de Madrid, inaugura una muestra comisariada por Valentín Roma, sobre las tripas de este artefacto que ya forma parte de la historia cultural del país y del periodismo.

No fue la única publicación de este tipo, casi paralelamente nacía Star, con intenciones similares. Tuvieron vidas paralelas y murieron con la década, cuando la transición política legitimó el nuevo sistema de poder al que no le hacían ninguna gracia las premisas de este movimiento contracultural y libertario. Pero cuando arrancan los ochenta, ya está derrotado, en parte por asfixia y por el efecto de diversas epidemias como la heroína o el sida, pero esencialmente porque el nuevo poder político se adueña de las plataformas culturales.

Ajoblanco era ante todo proselitismo: una octavilla, un manifiesto, un panfleto. Cada número era como si fuera el último. Revisado ahora, lo que más sorprende es la total ausencia de posiciones estratégicas. En el número dos, de diciembre de 1974, Claudi Muntañá, uno de los personajes clave de aquella Barcelona, escribía: “Hay otra Barcelona under. Una Barcelona de pelo largo y vestimentas poco convencionales. Una Barcelona joven de profesiones indefinidas y de creatividad arrolladora. Que algún día saldrá a la calle con su grito de libertad y alegría. Que algún día descubrirá – como lo hicieron en mayo del 68 los estudiantes franceses – que bajo el asfalto está la playa y, a lo lejos, en el difuso horizonte de gases y polución, el verde y azul, el mar y la montaña, combinan su esplendor. Su esplendor Arco Iris…”.

La profecía se cumplió en parte. La década de los setenta vio como muchos jóvenes “de pelo largo y vestimentas poco convencionales” salían a la calle y ponían en evidencia el potencial de su creatividad. Una mirada a lo que produjo aquel momento en el ámbito del arte, de la música, de las artes escénicas, deja claro el legado y la potencia de aquella generación que, además, introdujo nuevos formatos, como el vídeo, y revolucionó géneros clásicos, desde el cómic hasta el diseño pasando por el propio periodismo. Lo que no se cumplió fue la utopía a la que Ajoblanco aspiraba.

A juzgar por sus etiquetas: underground, marginal, contracultural…, sus medios de difusión y comunicación – Ajoblanco, Star, DiscoExpres o Vibraciones – debían ser eso: subterráneos, fuera del circuito, pero eran todo lo contrario: se distribuían por los canales comerciales, se vendían en los quioscos junto al resto de la prensa y recibían poca publicidad, que a menudo compartían entre sí. “Había una gran libertad comercial y la supuesta prensa marginal no era tal”, explica quién fue el alma de Ajoblanco, Pepe Ribas. La distribución la hacía Edipress, la misma empresa que distribuía Nuevo Fotogramas y Garbo y lo hicieron sin problemas hasta 1980. “Colegas que venían de Francia o el Reino Unido no daban crédito a que en la España de Franco, distribuidoras comerciales pudieran asumir la distribución de prensa underground, que yo prefiero llamar prensa cultural independiente”.

La idea de la muestra que se verá en Madrid nace cuando Valentín Roma, uno de cuyos últimos trabajos es la sugerente muestra Contra Tàpies, consigue que Ribas le deje husmear entre las cajas en las que ha ido guardando, como si fueran exvotos, todos y cada uno de los rastros de la revista. Comprueba que no es sólo un archivo, sino el mismo tiempo detenido: los papeles y objetos de la redacción que se colaron en el traslado, las piezas del proceso de construcción del número uno con la famosa fotografía de una boca femenina mordiendo una cabeza de ajo, que no es otra que la novia del fotógrafo Manuel Esclusa y los bocetos del polémico grafismo de la cabecera que imitan a los de Coca-Cola, epítome de la sociedad capitalista.

Roma llega desde fuera, pertenece a otra generación y carece de prejuicios de tipo personal sobre el asunto. “El nacimiento de Ajoblanco y el denominador común de toda su primera época podría resumirse en dos palabras: ruptura y liberación”, reflexiona. “Ruptura por parte de los fundadores de la revista, quienes abordaron procesos personales, sociales e ideológicos de quiebra drástica con sus respectivos orígenes y trayectorias; pero también liberación en el sentido de concebir Ajoblanco como un proyecto de acción y transformación colectiva, horizontal e integradora con personajes y grupos en la misma tesitura. Desde este doble paradigma se entiende de forma precisa la visceralidad del primer Ajoblanco y, a la vez, la inmediata empatía que produjo dentro de aquel tiempo histórico tan hostil y polarizado, pues muchos reconocieron en la revista esa búsqueda de una voz que ya entonces se advertía como apremiante”.

En una especie de manifiesto coral, de autoconfesión, los padres de la criatura: Pepe Ribas, Toni Puig y Fernando Mir – “tres jinetes, ni buenos ni malos, ni cultos ni tontos” – proclaman: “Tenemos una revista que nos ha crecido entre las manos y que nos grita el imperativo de ser un exponente amplio de gentes e ideas. Nos encanta, por lo demás, la gente. Su conversación y lo que viven. Y nos dejamos llevar. Por sus opiniones y por los artículos que nos mandan. A veces, incluso, demasiado”. Debió ser el reclamo, recuerda ahora Ribas, “porque empezó a llegar gente que parecía haber estado esperando la señal, una señal de los cielos que les conformara que no estaban solos, que había otros como ellos, o al menos tan raros”.

Se trataba de intervenir en la vida, porque se consideraba que el arte, la sociedad y la vida eran lo mismo; no había compartimentos. El lema era: vive tal como piensas. Ajoblanco funcionó como red social por su vocación de abrirse a todo aquel que quisiera aportar algo, lo que respondía a la necesidad de sus mismos creadores de encontrar la respuesta en los lectores. Se crearon secciones para tomarle el pulso a la calle y, a la vez, abrir espacios hacia contextos habitualmente desatendidos. Esta llamada cómplice a quienes compartían el mismo viaje para que aportaran elementos al debate, la hizo lo más parecido a una red social. Había una sección llamada Cloaca. Infociudades que buscaba lo que sucedía fuera de la realidad oficial. Un episodio extraordinario fue la irrupción del mundo carcelario en Ajoblanco y Star, a través de la Coordinadora de Presos en Lucha, la Copel, que prácticamente se apropió de las páginas de anuncios por palabras convirtiéndolas en un anticipo de Facebook.

Ajoblanco disparaba contra todas las imposiciones y buscaba el conflicto. Primero, naturalmente, con el franquismo. No hay que olvidar que la ley Fraga siguió vigente hasta la aprobación de la Constitución. Después contra la partitocracia que veía venir y contra el intento de la izquierda marxista de ocupar todo el territorio de la cultura. También penetró en el territorio de la cultura popular y lo hizo a lo grande: el extraordinario número 10 dedicado a las Fallas de Valencia levantó una polémica descomunal – e inesperada, según cuentan – con amenazas de bomba incluidas y la iniciativa de los ofendidos de alquilar autobuses para ir hasta Barcelona a dar una paliza a los periodistas. Todo acabó con una denuncia en el Tribunal de Orden Público, una suspensión de cuatro meses impuesta por el Consejo de Ministros y una multa de 250.000 pesetas de entonces. La repercusión del episodio lanzó la revista a nivel nacional. Un año después alcanzó los 120.000 ejemplares.

Desde el primer momento Ajoblanco se desmarcó del proyecto de la transición política y apostó por la tradición anarquista o, como se decía, por “una alternativa antiautoritaria al sistema capitalista”. Lo hizo con rigor, asumiendo una labor pedagógica, primero para reivindicar la herencia del movimiento libertario y después para explicarlo despojándolo de los tópicos con que había salido del largo túnel de la dictadura. Se publicaron dossiers dedicados a la figura de Durruti, a la educación, los ateneos y la cultura libertaria, así como de los numerosos artículos y documentos surgidos de las Jornadas Libertarias de Barcelona, que se celebraron en el Park Güell en 1977 y que, en cierto modo, supusieron el momento álgido del movimiento. En el paquete entraban todas las grandes corrientes reivindicativas que han llegado a nuestros días; desde el movimiento de liberación homosexual al ecologismo, y también la política oficial. En 1978, un número coordinado desde Madrid por José Manuel Costa y Soledad Gallego Díaz analiza la Constitución Española. Según Ribas, “explica perfectamente muchas cosas que ahora parecen olvidadas, que forman parte del monolito congelado del texto constitucional y su mitología”.

Ribas, que ya ha escrito su propia crónica de aquellos años en Los 70 a destajo (RBA), apunta algunas de las razones que hicieron posible la eclosión de aquel movimiento en el contexto de la dictadura y prácticamente sin ninguna de las redes e infraestructuras culturales que existen hoy en día. “El ocio era gratuito; era ocio, no negocio. Barcelona permitió esa libertad porque al régimen se le había escapado de las manos; estaba en el exterior, fuera de su comprensión. No había teléfonos móviles, no había tarjetas de crédito y el dinero no tenía el valor absoluto que tiene ahora. La vivienda era barata, y esto es muy importante. La proporción del dinero en el gasto era muy distinta de la de ahora porque había muchos menos gastos”.

El primer Ajoblanco murió con la década y es sintomático, porque acabaron muchas cosas más y Barcelona entró en el famoso sueño del Titanic, mientras que Madrid salió del sueño de plomo y se inventó la movida; aunque esto es harina de otro costal. La crisis empezó con el desastre de la sala Scala en 1978, el mortal incendio provocado por confidentes policiales. Antes, en septiembre de 1977, llegaba Tarradellas del exilio. Aquellas Navidades empezaron las algaradas en la Rambla con lanzamiento de cócteles molotov incluidos, y lo que era el lugar de encuentro por excelencia, el espacio donde todo se fraguaba, se convirtió en territorio comanche. Hay quien dice que fue en ese momento cuando los poderes detectaron la anomalía barcelonesa, un fenómeno que se les escapaba. Y le pusieron remedio. Llegó la represión policial, la droga dura, la heroína. Ajoblanco no escapó al marasmo, las disensiones en la redacción eran notables. En 1980 cerró, se disolvió. Casi por las mismas fechas también desaparecía Star.

La década de los ochenta arrancó con el gran susto del 23-F seguida del despegue de la hegemonía socialista que construyó el modelo de cultura subvencionada desde el poder. Los grandes periódicos tenían tiradas millonarias y dejaban escaso espacio a otras iniciativas. Era la década de Reagan y Thatcher (“There Is No Alternative”), y todo el mundo quería hacerse rico. Sin embargo, en 1987 Ajoblanco resucitaba y conseguía mantenerse en los quioscos hasta 1999. Eran otros tiempos y otro paradigma. Nada que ver con la utopía, sino con la disección del presente, el análisis y la reflexión cultural, en un momento en el que triunfaba lo superficial, el pensamiento débil, lo posmoderno y la glorificación del dinero. Este segundo Ajo era, ante todo, buen periodismo, y lo sorprendente es que aguantara tantos años, contra viento y marea, con muy escasa publicidad y acosado por constantes problemas económicos.

El proyecto nació del encuentro entre Pepe Ribas y el escritor y fotógrafo Jordi Esteva, y un reportaje conjunto sobre la inmigración marroquí en el Barrio Chino de Barcelona que pensaban vender a un periódico. “¿Por qué no resucitamos el Ajo y lo publicamos nosotros?”, se plantearon. Buscaron dinero, llamaron de nuevo a Fernando Mir y se lanzaron. “Es un proyecto eminentemente periodístico, con el elemento ideológico del primer Ajoblanco – explica Ribas -, pero el dinero ya era el dinero y la publicidad había que encontrarla”. La distribuidora ya no era tan independiente, hubo problemas de distribución. “Y ya se percibía la corrupción. La movida madrileña es la corrupción moral que justifica la corrupción económica que ya había empezado a instalarse”, cree Ribas. “La movida no tenía contenido político y, además, estaba financiada con dinero público. Esta es la diferencia”.

Eran otros tiempos y otro paradigma. Esteva, que no participó en la primera encarnación del Ajo, no cree que hubiera una continuidad, más allá de la que aportaban Ribas y Mir. “Hacíamos la revista que nos hubiera gustado leer y no nos movía el mercado, no nos importaba publicar artículos sobre escritores malditos cuyos libros estaban descatalogados, por lo que el mundo editorial tampoco nos dictaba sus leyes. Escribíamos desde la periferia de las ideas y problemáticas de la sociedad, por eso recogíamos muchas cosas que pasaban desapercibidas en los medios generalistas”, añade.

No es de extrañar que el mercado publicitario no creyera en el producto y que las penurias fueran permanentes y que, a menudo, la redacción tuviera que hacerse ella sola la revista entera, firmando con seudónimos para que no fuera tan evidente para el lector. Sin embargo, por este segundo Ajo pasaron los nombres más importantes de la cultura española. Hay un número especialmente notable, que en su portada pregunta: “¿Qué está pasando?”, que ofrece el mejor análisis de la descomposición del modelo del PSOE e incluye un diálogo entre Eugenio Trías y Rafael Argullol y una entrevista con Fernando Savater realizada por Ribas y Arcadi Espada.

Con constantes problemas económicos y varios cambios en la propiedad, el segundo Ajoblanco llegó hasta diciembre de 1999. En total fueron 180 números, 29 especiales y toda una serie de publicaciones adyacentes, entre las que conviene destacar Alfalfa, La bañera y Xiana. Ahora, desde la perspectiva de este otro mundo en el que ya nos encontramos, destaca la densidad de las informaciones y la validez de sus apuestas literarias, filosóficas y artísticas, y el buen periodismo.

Desde este otro mundo habría que recordar al sociólogo Norbert Elias cuando asegura: “Nunca hemos sido modernos, todo lo más bárbaros tardíos, que viven el final de la Edad Media”.

Publica la web sense nom per cortesia de J.M. Martí Font (drets de còpia)

Jornadas Ajoblanquistas para el debate Alrededor de Ajoblanco