La entrevista que va fer Karles Torra a Joan Illa (JIM) i que es va publicar al llibre Dalirium Sonic, Dalí, su relación con la música y las estrellas de su tiempo. Ediciones La Lluvia, Barcelona (2016).
Publica la we sense nom per cortesia de Karles Torra

Joan Illa Morell (JIM), Granollers, 1946-2021

Conocido como “El Quijote del Happening”, en la primera mitad de la década de los setenta del pasado siglo, este gran agitador obró el milagro de convertir a una pequeña ciudad como Granollers en la capital del arte contemporáneo y la cultura pop. A través del CIT (Centro de Iniciativas y Turismo Comarca del Vallés), Illa promovió en 1971 dos eventos de primera magnitud. En el ámbito de las artes plásticas, la Primera Mostra Internacional d´Art-Homenatge a Joan Miró, con la flor y nata de los artistas plásticos contemporáneos europeos. Y en lo concerniente a la música, el Primer Festival internacional de Música Progressiva, nada más y nada menos que el primer festival internacional de rock al aire libre celebrado en España, y que supuso el auténtico big bang de la psicodelia a este lado de los Pirineos. Junto a los británicos Family, que ejercieron de cabeza de cartel, y otras formaciones internacionales como Tucky Buzzard, por Granollers desfilaron los primeras espadas del rock nacional de la época: Màquina!, Smash, Jaume Sisa, Tapiman, Fusioon, Pan & Regaliz…
Posteriormente, y gracias a su “savoir faire”, Granollers también acogería en noviembre de 1973 las primeras actuaciones de King Crimson en España, aparte de organizar otros festivales y matinales con artistas de primera línea del rock, el jazz y la canción: Soft Machine, Miguel Ríos, Canarios, Johnny Griffin, Tete Montoliu, Lone Star, Pau Riba, Ovidi Montllor, Toti Soler, Geno Washington, Quico Pi de la Serra…Pero dentro del impresionante currículum de este intrépido promotor, hay una fecha señalada en rojo, la del 19 de agosto de 1974, cuando Salvador Dalí protagonizó en Granollers el Happening Viatge a l´Alta Mongòlia, un evento de resonancia planetaria. Entusiasta seguidor del surrealismo daliniano, y amigo personal del genio, Joan Illa Morell (JIM) comparte con nosotros sus vivencias musicales al lado de Dalí.

-¿Cómo conociste a Dalí y a lo largo de cuánto tiempo?

A Salvador Dalí lo traté durante 14 años. La primera vez en 1967 y la última en 1981. He calculado que fueron un total de 44 encuentros. Algunos de ellos en actos multitudinarios como el Happening que organizamos en Granollers o los conciertos privados que monté en su casa. También tuve la fortuna de tratar con él de una manera más íntima, como cuando lo iba a visitar a su casa de Port-lligat y pasábamos el día conversando.
Mi primer contacto con Dalí fue a través de un artículo que escribí contestando y rebatiendo una crónica aparecida en El Correo Catalán y firmada por su corresponsal en París, Jaime Pol Girbal, en la que relataba que Dalí en una rueda de prensa había hecho unas declaraciones en las que se había propasado demasiado. A la pregunta de un periodista respecto a qué era lo que le gustaba más, Dalí contestó que lo que le gustaba más era la muerte de sus amigos. Pol Girbal se mostraba indignado ante esas declaraciones y decía que aquello no se podía aceptar, que era muy censurable lo que exponía Dalí y que no se podía jugar con la amistad y la muerte. Por aquel entonces yo tenía 21 años y colaboraba en la Revista del Vallès. Como tenía la posibilidad, decidí hacer un artículo defendiendo a Dalí. Recuerdo que dicho artículo se lo envié al mismo Pol Girbal y me felicitó comentándome que estaba muy bien escrito y que era muy combativo. Paralelamente, había un señor de Granollers que veraneaba en Cadaqués, y que un día se acercó a casa de Dalí para llevarle el artículo. Dalí le comentó que ya lo conocía y cogió la revista que llevaba aquel hombre, y en la página en la que estaba mi réplica al artículo de Girbal, le hizo un autógrafo y le dijo que me lo entregara. Ese autógrafo me serviría de pasaporte para presentarme en su casa. También le dio un mensaje para que me lo transmitiera. Aquel hombre no se acordó muy bien del mensaje y, años después, en un encuentro con el genial pintor en el hotel Ritz, me dijo que le había recitado la copla que Cervantes plasmó en la segunda parte del Quijote:
Ven, Muerte, tan escondida,
que no te sienta venir,
porque el placer del morir
no me vuelva a dar la vida
Cuando lo fui a ver por primera vez me explicó que los católicos no entendían esto de la muerte, y que eran los primeros en decir que si una persona muere ha pasado a mejor vida, y él se alegraba de que sus amigos pasaran a mejor vida. Y luego lo atacaban… Yo le comenté que había enviado el artículo a 20 o 30 diarios y revistas, y que nadie se había hecho eco de él. A lo que contestó: “Su artículo es genial. La prueba es que lo ha mandado a todos los diarios y nadie lo ha publicado. No hacen falta más pruebas”. Ya en el momento de despedirnos, Dalí me dijo: “Siempre habrá una gran mayoría de gente que dirá que Dalí era un payaso y un loco, pero también habrá una minoría muy inteligente que dirá que Dalí era un gran sabio. Y entre esta mayoría y esta minoría, saltará la chispa que hará brotar la leyenda daliniana. Y a mi lo único que me interesa es crear una leyenda, porque la realidad todos sabemos que es una mierda”.

– Has comentado que organizaste una serie de conciertos privados en casa de Salvador Dalí.

Yo tenía la suerte de tener las puertas abiertas en casa de Salvador Dalí. En Granollers había un grupo de jóvenes que lo querían conocer y dio la casualidad de que Claudi Arimany, que después ha tenido una carrera brillante como flautista, me comentó que le haría ilusión ir a tocar a casa de Dalí con unos amigos suyos, en formato de cuarteto con un repertorio de música clásica. Después, esto pasó a convertirse en una tradición que repetiríamos durante tres veranos seguidos. Eran unos encuentros en los que yo invitaba a 20 o 30 personas de Granollers y Dalí invitaba a otras 20 o 30 personas de su entorno. Siempre acabábamos siendo unas 50 personas. La segunda vez, también organicé otro concierto con Claudi Arimany con un formato y unos músicos diferentes, pero repitiendo un repertorio de música clásica. En 1979 fue el último verano que organicé un concierto privado en casa de Dalí y decidí cambiar de tercio. Le propuse a Dalí que en lugar de música clásica era el momento de hacer un concierto de rock, a lo que él me dio su aprobación. El grupo que llevé se llamaba Kannavis, y su líder era el guitarrista Jordi Pegenaute. A Dalí se le veía tranquilo y feliz presidiendo aquellos conciertos.

-¿Gala también participaba en aquellas veladas?

Gala era más rockera que Dalí. Durante la actuación de Kannavis se fijaba mucho en el batería y seguía el ritmo con las manos, incluso utilizaba sus piernas de tambor, estaba muy animada. Sí que es verdad que el batería, Armand Parellada, tocaba con mucha intensidad, fuerza y contundencia. En un momento determinado, ella me dijo que no le parecía normal aquella manera endiablada de tocar y me preguntó si aquel batería había tomado cocaína, porque aquello era frenético.
Hubo otro detalle durante esa velada protagonizado por Gala y que, de alguna manera, define muy bien como era y el sentido del señorío y la justicia que tenía. Había mucha gente sentada en el suelo. Dalí presidía desde una silla en forma de trono, Gala a su lado y yo en otra silla al lado de Gala. En un momento determinado de la velada apareció gente muy elegante, que contrastaba con nosotros, iban de negro, vestidos con buenos trajes ellos y buenos vestidos ellas. Entre la gente elegante que llegó había un hombre que yo no sabía quién era, pero al verlo Dalí me pidió si me importaba sentarme en el suelo con los jóvenes y cederle la silla al hombre de negro. Evidentemente lo hice sin ningún problema, al contrario. Así que Dalí llamó al señor para que se pudiera sentar, supongo que en parte para quedar bien con el potentado. Pero cuando aún no hacía ni un minuto que aquel hombre se había sentado, Gala me llamó y me dijo que volviera a sentarme a su lado y echó a aquel tipo: “Vostè foti el camp d’aquí! ” Yo le contesté que como ella quisiera. Me dijo de manera muy clara y directa, casi dándome una orden, que yo era el que había organizado esa velada, y que por lo tanto yo no podía sentarme en el suelo y que me tocaba estar en la presidencia, a su lado. Es curioso porqué este detalle me pareció muy ruso, nada catalán.

– En un capítulo del libro ya se explica la anécdota de Salvador Dalí y John Lennon rematada con el verso de Joan Salvat Papasseït, y que tú conoces de primera mano. No obstante, en alguna ocasión has comentado que Dalí te había desaconsejado que te juntaras con John Lennon.

Dalí consideraba que yo era una persona con mucha chispa, un especialista en montar historias que desprendían una alegría muy contagiosa. Y aunque sabía que yo ni conocía a John Lennon ni tampoco tenía manera de acercarme a él, me empezó a explicar que él era amigo de Lennon y que era un hombre muy introvertido, plagado de conflictos interiores, con un punto de neurosis, muy soso y parco. Y finalizó diciéndome que aunque yo era dueño de mi destino y podía hacer lo que quisiera, que no me aconsejaba que lo trajera a Granollers, porqué era todo lo contrario a mi y, según sus palabras, chocaría con mi alegría. Según Dalí, la manera de ser de Lennon me haría quedar muy mal. (risas)

El 19 de agosto de 1974 organizaste en Granollers el Happening Viatge a l’alta Mongòlia con Salvador Dalí y para dicho acontecimiento llevabas puesta una chaqueta de Mick Jagger…

El día anterior a la celebración del Happening, Dalí me citó para que fuera a verlo a la suite en la que se hospedaba del hotel Ritz de Barcelona. Para esta ocasión él había invitado a tres personajes muy extravagantes que habían venido de California para participar en el Happening y a otras personas que formaban parte del séquito de Dalí para aquel acontecimiento. El caso es que junto a este grupo de 10 o 12 personas me invitó a cenar en el restaurante Via Veneto. Antes de salir, se acercó a un armario muy grande en el que había mucho vestuario entre americanas y vestidos. Con el bastón descolgó una chaqueta muy brillante y psicodélica. Me comentó que aquella chaqueta se la había regalado Mick Jagger, y que como veía que teníamos una altura similar, me ordenó que me la pusiera para ir a la cena y que, al día siguiente, cuando él llegara a Granollers para hacer el Happening, que le recibiera y le acompañara con la chaqueta de Jagger puesta.

– En el Happening se interpretó y se bailó una sardana.

Dalí era un hombre que cultivaba mucho las tradiciones, iba con “espardenyes”, le gustaba llevar la barretina y en lo musical, como no, la sardana, cuyo origen como todo el mundo sabe, se sitúa en el Ampurdán. En Granollers había encargado a una “cobla” que tocara sardanas, y también hizo poner un pequeño tablado en el que quería que unos chinos bailaran la sardana. Él decía que quería enseñar la sardana a los chinos. Él quería bailar con ellos. El problema es que vino tanta gente y se masificó tanto aquello, éramos unas 6000 personas, que lo ocuparon todo y no cabía ni un alfiler. El tablado en el que tenían que ponerse los músicos estaba lleno de gente y se complicó todo. A partir de ese momento todo fue muy difícil y la sardana se medio improvisó en una esquina de la plaza. Dalí no pudo llevar a cabo muchas de las cosas que tenía planeadas igual que ocurrió con la sardana. Él mismo también tenía que dirigirse al público en una especie de coronación, pero debido a la masificación no se pudo hacer. Hubo un exceso de éxito,
como él dijo, y esto impidió llevar a cabo algunas de las cosas que tenía pensadas. Recuerdo una de las pocas cosas que pudo decir al finalizar el acto: “Guerra! Guerra! pel triomf del poder de la imaginació!”

-¿Es cierto que se ofreció para presentaros a los Grateful Dead y traerlos a España?

En 1973 habíamos organizado el concierto de King Crimson, también trajimos a los Soft Machine con los Canarios y anteriormente, en 1971 dentro del Primer Festival Internacional de Música Progresiva habíamos traído a Family. A Dalí le pareció que era interesante que pudiéramos hacer un concierto con Grateful Dead en Granollers.
Estábamos en su casa, en Port-lligat con gente de Granollers. Hablando de diferentes cuestiones nos preguntó si nos gustaba un grupo que se llamaba Grateful Dead. Ante el silencio, él nos explicó que era muy amigo de ellos y que tratándose de él, si se lo pedía, vendrían encantados a España a actuar o a lo que hiciera falta, sobre todo si iban presentados por Dalí. En aquel momento, ni a mi, ni a los que estábamos con Dalí nos sonaban de nada los Grateful Dead, no los conocíamos ni habíamos oído hablar de ellos. Por nuestra reacción, él se dio cuenta en seguida que Grateful Dead no eran nada conocidos en nuestro país y, como vio que no mostramos un interés muy elevado, no insistió más en el tema.

– En su casa de Port-lligat también fuiste testigo de los preparativos de la ópera-poema Etrê Dieu.

Un día que me encontraba en su casa, aparecieron la gente de Bocaccio Records, que era el sello discográfico de Oriol Regàs. Aquel día venían Alain Milhaud, que era el productor musical, y un administrador. Empezaron a hablar de diferentes temas relacionados con la preparación de la grabación de Etrê Dieu. En un momento determinado le comentaron a Dalí que tenía que ir a cantar a París para hacer una grabación junto a un coro de 100 niños de una capilla. Le preguntaron que cuando le iría bien ir a a grabar, y Dalí les contestó que él no tenía ganas de ir a París en verano. El administrador le explicó que en el contrato ponía que él se comprometía a ir a París ya que era necesario, a lo que Dalí le contestó de manera abrupta que a él le daba igual lo que ponía en el contrato, que no tenía ganas y que no iría a París y que si querían ya lo podían llevar a los tribunales, pero que de ninguna manera iría. No obstante, tuvo la ocurrencia de proponerles que en lugar de ir él a París los 100 niños vinieran a Port-lligat, para grabar en su casa. El administrador volvió a saltar con que no era lo mismo pagarle un billete al genial pintor que pagar el billete a 100 niños con los respectivos familiares, que esto encarecería mucho el presupuesto. Entonces Dalí tuvo otra nueva ocurrencia, les dijo que le grabaran a él en su casa y que grabaran al coro en París, y que después en el estudio se montaba todo y listo. A esta observación, Alain Milhaud saltó para decir que de esa manera no quedaba bien, que se tenía que grabar a todos juntos. Dalí se quedó boquiabierto y argumentó que si los americanos habían llegado a la luna, no entendía como la tecnología no estaba preparada para grabar por separado y hacer la mezcla en el estudio sin que se notara. Como vio que Milhaud no lo veía claro, se le ocurrió otra idea mejor, la de que cogieran a un niño de 5 años y que en el disco cantara ese niño en lugar de Dalí. Acto seguido, entraría Dalí afirmando que era él. Milhaud y el administrador estaban desconcertados, perplejos. Dalí argumentaba que la gente ya tendría los “cojones” llenos de tanto Dalí, tanto Dalí, que cuando Dalí dijera que el niño era él, todo el mundo pensaría que ya era hora de que Dalí se callase de una vez. No dejaba de ser una manera de reírse de él mismo. Y cuando ya tenía a Milhaud y al administrador desquiciados, les comentó que aparte, como condición, el niño de cinco años tenía que ser travesti, medio niño, media niña, porqué si no, Dalí no diría que era él. En aquel punto, el administrador empezó a ponerse nervioso, exclamando que no entendía nada, a lo que Dalí le espetó: “Que coño tiene que entender usted, si usted no es surrealista”.

– A Salvador Dalí le gustaba mucho la zarzuela La Corte del Faraón.

Sin duda. Recuerdo haberle oído cantar el aria “¡Ay, Ba!” con mucha gracia en un par de entrevistas de televisión, en una de ellas con una llamativa peluca rubio platino. Siempre decía que era una zarzuela muy surrealista, entre otras cosas, porque en una escena se canta un chotis, lo cual en una obra ambientada en el Antiguo Egipto es el colmo del surrealismo.

– Otra de de las obras que adoraba era Tristán e Isolda.

Dalí trabajaba hasta las siete de la tarde, y a partir de entonces, se dedicaba a recibir a gente muy heterogénea. Cuando el sol se ponía y ya era la hora de ir a cenar, le decía a una criada que fuera a la cocina (donde tenía el tocadiscos) a poner el disco de Tristán e Isolda, concretamente el fragmento final de la muerte. Un día que estaba a su lado, y mientras sonaba la música, hacía un paralelismo un poco freudiano: “Fíjate, es como si Tristán estuviese haciendo el amor con Isolda. Hay momentos en que la música sube un poco, pero luego baja, vuelve a animarse pero decae, parece que sí pero no, vuelve a intentarlo pero al final se rinde. No ha podido, porque existe un problema de impotencia”. En su interpretación paranoico-crítica de la muerte de Tristán e Isolda, que él veía como el fracaso de una relación, Dalí añadía que el ruido de sardinas a la brasa que hacía el disco – fruto de haberlo puesto centenares de veces – todavía le daba más realismo al paralelismo sexual que él establecía.

-Dalí también sentía debilidad por el guitarrista gitano Manitas de Plata.

Un día, en una reunión en su casa a la que también asistía su biógrafo Luís Romero, Dalí se puso en plan pedagógico y nos dijo que un genio y un idiota a grosso modo son iguales. La diferencia estriba en que el genio matiza y el idiota no. A modo de ejemplo, explicó que cuando venían los primeros turistas a la Costa Brava e iban a un tablao flamenco todos gritaban “bravo” y “olé” sin discernir demasiado. Pero con los años y a medida que fueron viendo más espectáculos, ya empezaron a matizar, y podían personalizar más y decir Manitas de Plata me gusta más que Paquito de Jérez.

-En 1981, fuiste el impulsor de la primera revista de happening publicada en España, y en la que se homenajeaba a Salvador Dalí. ¿Es cierto que en su presentación intervino Pau Riba?

Sí, se hizo un coloquio en el Teatro­Museo de Figueres con gente relacionada con Dalí para presentar la revista Granollers Happening en la que participaban muchos artistas: Subirachs, Evarist Vallès, Modest Cuixart, Joan Ponç, Antoni Pitxot…Y como colofón al acto, contamos con la presencia de Pau Riba, el cual había escrito una canción titulada “Daliniana flor”, y que estrenó allí mismo con su guitarra. El día anterior fui a casa de Dalí con Evarist Vallès, donde me dictó un texto y me comentó que si él no podía venir, que lo leyera yo en su nombre. Era un texto bastante extenso, y aunque ya estaba enfermo y débil conservaba una buena memoria. Tiene una extensión de un folio y lo guardo en mi archivo. Seguramente es uno de los últimos textos que Dalí dictó en plenas facultades.

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Agraïments a Àlex Gomez-Font