H de Elena
por Juan Merelo-Barbera

Para quien no ha estado al tanto de mis cosas, hace pocas semanas leí en el Facebook un post de Ajoblanco, tercera generación, que me trajo a la memoria el taller de marionetas de la Barceloneta y las jornadas libertarias de Montjuich, jornadas algo anteriores, creo, y lo digo de memoria como casi todo lo que voy a exponer, en solo unos días a las más desmadradas del Parque Güell, y con todo esto me llegó también el recuerdo de Elena, que se fue a vivir más arriba del puente de Vallcarca cuando yo vivía en la Bajada de la Gloria.
Elena murió joven y muy pocos de mis actuales amigos la conocieron, tres o cuatro como máximo, pero hay uno, Canti, que contestó mis notas lanzadas por internet como si fueran unos SOS en botella de náufragos, enviándome un guión escrito por Elena. Canti era su chico y los sigo viendo juntos como si fuera ayer. Diría que fue Canti quien conducía estando yo subido al capote de mi Dyaneparagenteencantadora, dejando atrás el Palacio de Montjuic, que parecía ir disminuyendo por el retrovisor su colosal mole a medida que nos distanciábamos por la explanada de la histórica arenga de Federica Montseny, las fuentes de Bohigas apagadas aún al atardecer y a medida en que se cortaba para siempre el cordón umbilical que nos llegaba de Toulouse a aquella nueva generación, heredera de la esperanza ácrata, pero en fiesta, la fiesta largo tiempo retardada del 68, la generación del prohibir el prohibir.
Hablar de victimas es de viejos y de generaciones pasadas. Elena era muy bella, melena, larga y negra, sobre piel muy blanca, tipo blancanieves, pálida a veces, a veces un poco achinada. Vestía mucho de negro, a lo beatnik cucaracho. Cuando la traté era cliente habitual de los montes de piedad. Me decía que empeñaba y desempeñaba objetos que afanaba en el estudio de un pintor para el que posaba a veces, aunque en vida se que llegó a conocer lujos suizos y antes, mucho antes, en su Valladolid natal, a unos padres que la ataban a la cama para que no escapara de noche. A mí lo de Valladolid me sonaba a cuento gótico, a reformatorios y colegios de monjas con nombres como las Esclavas Negras y Ursulinas.
Los muertos son contrapesos de vida en el marco de una reseña que pertenece a la historia, como si con ellos irrumpiera en nuestras vidas lo ocurrido antes, mucho antes, antes de que las vueltas de tuerca con las que atornillo mi memoria tiñeran de gore amarillo la blancura inicial, una primera pero falsa inocencia porque la primera vez de cualquier cosa tiene siempre un deseo previo, y el más general y primitivo deseo es siempre el inquieto morbo que es, y seguirá siendo, motor nada inocente de nuestras conductas.
Sin embargo el post de Ajoblanco que me estaba incitado no mencionaba a Elena, aunque sí a su marido oficial, Pepe Otal, con el que me dijo se casó para escapar de las servidumbres de su Valladolid. Hasta Pepe, hombre tranquilo y sabio, hoy también desaparecido, al igual que el chico de Genoveva, del que ya he hablado en otro relato, y de cuyo nombre no me acuerdo pero sí de su cara cubista, me llevo Elena en una ocasión, al taller de la Barceloneta, la comuna donde vivían personas libres y jóvenes, personajes en el recuerdo de papel maché que contribuyen a que hoy vista a Elena con tintes góticos, como fuera de lo común, estilizados productos del punk creciente del underground que llegaba. No recuerdo por donde andaba aquella noche Canti, con el que Elena convivía de forma azarosa y hasta peligrosa, compartiendo aquel estilo de chaquetas y botas de cuero que envidiaba el abogado apocado en que yo sin darme cuenta me estaba convirtiendo.
El final de un letrado son los papeles y registros, que se convierten en datos y razones, y que se escriben para que produzcan un trance, la transfiguración de las vivencias en tema jurídico. Si posible, son preferibles los recuerdos documentados y verificables porque todas las historias son una indagación en torno a un suceso y, si no hay texto, los tiempos compartidos con otros acaban difuminados en la historia general de una cronología. Pero el caso es que mi hijo ha vaciado los estantes de mi despacho para hacerse un hueco con sus expedientes mientras ejecuta la praxis del master que cursa bajo mi patrocinio, y por esto tuve que deshacerme de algunos archivos judiciales, entre ellos, los de Canti, que pronto se convirtió en uno de mis primeros clientes.
El guión de Elena, mi libertaria musa castellana de los 70, coincide con muchos de mis recuerdos. Yo fui fan de Elena sin auto conocimiento de esta condición mía, que me obliga a escuchar a quien me gusta. Si Elena gustaba hablar conmigo creo fue porque tenía en mí un limitado campo para sembrar su temperamento rebelde. No queríamos jugar a saludables consejos y cada uno se sentía en una posición muy distinta, pero estábamos enormemente próximos. A la vejez le viene bien el caldo en que se convierten los encuentros con el pasado y roer, como si fueran vicios solitarios o quebrantos huesos, la frágil materia de nuestro fantasma. Y no era por recordar lo que me decía, que en aquella época las mujeres ya empezaron a hablar mucho con los hombres para demostrar vetetuasaberqué de forma que nunca se las pueda entender de todo. Era su voz y tono, lo que todavía me la distingue de las otras, y esa manera que tenía de no activar réplicas a mis palabras porque lo nuestro era íntimo. Su atracción me llevaba al infinito.
Elena quería ser la mala de la película, la mujer fatal capaz de atacar, atracar o hacer atracar a los demás. A mí podría haberme atracado (pero no fue ella, si no una de mis actuales amistades del Face, que, si llega a leerme hasta aquí, supongo lo recordará, cuando me condujo con sus inmensos ojos verdes hasta un rincón de la intemperie callejera a la salida de Zeleste, para que notase el leve pinchazo en la espalda que me dio su amigo compinchado, surgiendo de la nada oscura en el momento mismo en que ella se zafaba ya de mi abrazo. Eran noches de vino tinto y yo comprendí a tiempo la trampa que me estaban tendiendo en el callejón detrás de Correos y paralelo a Via Laietana, por lo que volví corriendo al concierto de la Plateria como si nada hubiera ocurrido, como si los pequeños robos con intimidación fueran cosas habituales. Pero a mi vuelta me encontré con Elena en Zeleste, que lo primero que hizo fue levantarme la camisa al percatarse de una mancha de sangre, más grande y aparente que incisa, en la parte de ropa que cubría el centro de mi espalda). No recuerdo que Elena se preocupara por mí en ninguna otra ocasión, porque nuestra relación se basaba más en tanteos que en un reconocimiento compasivo de mi bisoñez.
Tampoco creo que Elena conociera a Marta, pero las asocio. Marta era una argentina que una noche dentro de la camioneta donde vivía me dijo una frase memorable: “soy como el tapón de la coca cola. Una vez desenroscado, nunca más enrosca de nuevo” (Marta vivía con Borja, y una vez Borja pidió por tv a sus conocidos una cuota mensual mínima para sobrevivir con su camioneta en libertad. Mi padre fue uno de estos amigos, y vivía también con su camioneta en Ibiza, donde ejercía de gurú hippie, pero eso ya es otra historia. Ahora, que mi hijo me reprocha que no reconozco su autonomía, pienso en los padres, muy presentes por entonces. La independencia de la familia era un orgullo entre los jóvenes).
No recuerdo si mi madre llegó a conocer a Elena, pero yo si conocí a los padres de Canti. Al leer la película que escribió Elena me encontré con un guión de acción. A Elena le gustaba la acción, pero describe más escenarios: los síndromes de abstinencia, urgencias de la dependencia, recetas falsas, farmacias nocturnas en una solitaria calle límite del Carmelo, roces con prostitutas de lujo, rebeldía, una rebeldía que conocía la nada, esa nada sin dirección política gregaria, secuestros…
La cosa termina con la pareja de adictos abandonando la casa de Vallcarca con orgullo y determinación frente a unos vecinos que habían visto su secuestro y respecto a los que Elena recuperaba su dignidad en un orgullo ancestral, el de la mujer públicamente marcada que abandonaba el barrio con una mirada digna a los demás acompañada por su compañero de vida, Canti. A las familias de entonces también les gustaba la acción, a veces hasta acudían al secuestro para curar a sus hijos. Los dejaban en manos de Ongs y sectas, o del Estado, como cuando el padre concejal de la joven actriz Cohen le puso un expediente en peligrosidad social por haberse fugado a Paris en Mayo del 68. Pero no pueda decirse como ahora que por entonces la violencia fuera cosa de familia. Esto vendría luego, cuando con el avance de las calificaciones y nomenclaturas sociales la violencia fue adquiriendo un barniz técnico a través de la categorización lingüística. De repente en un verano la violencia de los hijos y padres terribles bajo de la escena dramática para convertirse en una lacra con nombre sociológico: la violencia doméstica. Los hijos, algunos, acabarían con el tiempo atacando a los padres, y para explicar la razón de este fenómeno se utilizó la existencia de la droga. Pero no ha ocurrido con mi hijo. Mi hijo ha continuado la tradición abstemia, siempre poco inclinado a contrariar a su padre, siempre aceptando la formalidad de su dependencia a nuestra estructura familiar. En realidad los niños se contradicen desde siempre, pero contrarían en chillón solitario, y si son niños crecidos ahora duermen en sus casas con sus parejas y ya no gritan por droga. No necesitan excusa para justificar sus conciencias cuando se enfrentan al padre. La violencia ha sido catalogada dentro de la familia.
Es lo mismo de siempre, porque hay un momento en que se descubren las cosas y entonces empieza la vida propia. Ya entonces, mientras esto ocurría, penalistas y psiquiatras merodeaban por los márgenes, por puro gusto o por necesidad profesional. De hecho surgió toda una generación de terapeutas que ofrecían lo contrario a la rebelión: la integración en la colmena.

La película de Elena que me envió Canti tiene un título rolingstoniano: “H”. H de Helena o de heroína, de heroína de novela gótica vallisoletana o de heroína, sustancia absorbente que hacía sus estragos en la salud de los jóvenes rebeldes. Alegres hashinos, chinoiseríes artísticas y las guerras boerianas nos venían como esnobismos del pasado próximo. Ahora el mercado estaba en el extrarradio, aunque también se encontraba fumadores de adormideras en claustros entre adictos burgueses, donde llegaban santos abogados y hasta médicos y algún juez. Pero para Elena parecía que lo importante eran las razones para el atraco, como los que estaban sucediendo por la carretera de Vallirana, donde te enfrentabas con farmacéuticos atemorizados y con alegaciones sobre responsabilidades atenuadas.
La historia de un absoluto construido sobre la droga se llevó a muchos y el malditismo literario fue desapareciendo a medida que el sufrimiento descubría la tontería del asunto. Como cuando te ha subido la fiebre y los restos de alucinaciones semi sudadas en el duermevela acaban con la primera luz del dia. Es la incierta gloria occidental. A fuerza de recados cotidianos que nos absorben la vida, uno olvida que existe una sustancia curamales, síquicos o físicos, y hasta el medicamento de turno, que se convierte en un absoluto. Es un instante semejante al de levantarse para apagar el aire acondicionado y abrir las ventanas, solo que al revés porque uno se queda ya en el duermevela para siempre.
Cada uno con su droga y cada generación con sus propias víctimas, aunque siempre alguna herencia se recibe de la anterior generación. Porque si estoy escribiendo esto el día en que mi hijo me abandona y pongo de modelo a Elena es porque, lo he dicho antes, a los penalistas, como a los psiquiatras, les gustan los márgenes, pero a los terapeutas les gusta integrar, y mi hijo quiere ser terapeuta, y hace tiempo que los terapeutas ganaron la batalla por aquello de que el absoluto bien puede ser una luz al final del túnel, la ayuda social que se vislumbra a lo lejos cuando hay normas que como lámparas mineras señalan un cierto orden en la oscuridad, único camino para evitar ese grisú en que se convierte el tiempo que a cada uno le queda de vida. Que no me vengan, pues, con historias, que para eso estoy yo rememorando estas mías.
En el guión de Elena salen cucarachas, tal vez las mismas que vi correteando por la casita de Vallcarca aquella noche anarquista. Esos bichos negros siempre me causan sorpresa porque salen de repente, como para recordarte que convives entre minúsculas sombras rastreras. Fue mientras miraba al suelo y uno de los cuatro adictos, yo no me hubiera atrevido nunca a hacerlo solo, calentaba la sustancia en una cucharita y me inyectaba una dosis en el brazo. Llegando una vez en verano de madrugada a Madrid con el Dyane, recogí a un extraño autoestopista que me comentó que se había inyectado alcohol en vena. Eran historias tremebundas las de entonces, noches pobladas de antihéroes urbanos, ciertos o no. No me hubiera atrevido a recibir el pinchazo de la muerte así como así, si no fuera por la presencia de Elena, que miraba con curiosidad, y yo me pregunté porqué estaba interesada por aquella iniciación ajena. Sin no era por esa mirada, que no era de madrastra que contempla como la niña muerde la manzana envenenada con la adormidera, si no tan casual e inocente como la mía propia ante el hecho de autolesionarme y experimentar, no me habría pinchado . Pero fue la única vez que lo probé. Ahora repito aguja con los análisis de sangre, y sigo sin mirar ni apenas notar el pinchazo. Se han convertido en una burocracia habitual debida a los controles médicos propios de mi edad.
No me enganché aunque mantuve una relación amistosa con ellos con estilos de vida diferentes. A muchos nos pasaba que eso de asomarse a lo que se nos antojaba el abismo era pura curiosidad, sin más. Una simple observación en el vacío del anti mundo establecido. Confesar al hijo el primer pico de un padre es como confesarle que la primera historia amorosa casi nunca empezó con la de su madre, una historia sobre la legalidad de las cosas y la realidad paralela del ser humano. En realidad, es algo que no hay que trasmitir para no contaminar la experiencia personal del hijo. Pero lo he hecho esta mañana, antes de que se cerrara la puerta del hogar para siempre a mi hijo. Cuando me ha dicho que no soportaba nuestra influencia en su vida, que mi hipocresía le provocaba malestar y que se había dado cuenta de nuestra mentira profunda. Si, le habíamos mentido sobre la procedencia de su linaje. Es tan humano como todos nosotros.