Conocí a Jesús una soleada tarde de septiembre de 1975 en los jardines de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Barcelona, Campus Pedralbes. Los dos íbamos a iniciar nuestros estudios allí. No sabría decir qué hizo que empezásemos a hablar. Yo me sentía algo apabullado y perplejo por aquel entorno. Tal vez él también. Sentados en el césped de los jardines de la facultad, bajo un apacible sol, empezamos a hablar. Así es como lo recuerdo. Es posible que ya hubiésemos intercambiado miradas en alguna de esas sobrias y tristes colas administrativas de las oficinas universitarias. No lo sé. En todo caso, conectamos inmediatamente. Probablemente ya en aquella primera conversación mencionamos algunos de nuestros héroes: Tristan Tzara, Rimbaud, el Lorca de Poeta en Nueva York, Godard, Minnelli, Hitchcock, Buñuel. Recuerdo la alegría de coincidir con Jesús durante las próximas semanas en la Facultad. Y seguir, como si nada, nuestras entusiásticas conversaciones. Pero a los tres o cuatro meses Jesús dejó de venir a la Universidad. Aquello no era para él.

De Jesús recuerdo su brillantez, su temblorosa pasión por no se si la vida, pero sí por lo que la vida podría ser. Su resplandor provocaba cierta reticencia en mi, me resistía a acercarme demasiado a él. Intuía que su brillo era de los que quema. Siempre me sentí un espíritu inferior ante su generoso y áureo espíritu. Ante su potente destello de poeta eterno. A través de él conocí a Lola. Nunca les pregunté cómo se habían conocido ellos. Percibía que habían intercambiado ternuras engalanadas del inmenso erotismo helénico que rezumaba Jesús en aquellos tiempos. Nunca indagué, prefería no saber.

Desde aquel septiembre del 75 hasta mi ida a París en el otoño del 80, Jesús y yo cruzamos caminos numerosas veces. Recuerdo su eufórico regreso después de una temporada en Menorca. Su trémula desilusión por la cotidianeidad del cada día. Los porros compartidos en el Park Güell. El guión de una película realizada en nuestras mentes. Su contenida alegría informándome que había conseguido un curro como guarda forestal –muy a lo Beat Generation. Fui a visitarlo al Frenopático? Le llevaron allí? No recuerdo bien, aunque sí recuerdo que en algún momento Jesús apareció sedado, anonadado, el brillo de sus ojos apagado. No sabría decir exactamente qué, cuándo.

La última vez que lo vi sería en el 81 o 82, cuando en una de mis periódicas visitas a Barcelona desde París nos cruzamos en la Gran Vía, yo saliendo de la casa de Martí, Jesús de camino hacia ellos, Martí y Lola. Durante los siguientes años no supe más de él, hasta que en el 86 me llegó la noticia de su muerte. Suicido? Accidente?

Años después de su muerte, Martí publicó este poemario, recolectando 29 de sus poemas, eco a los 29 tacos que tenía Jesús cuando murió. Aquí están para que enriquezcan las memorias del underground cultural barcelonés de aquellos tiempos.

Jordi Torrent
Mayo 2017

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Publica la web sense nom per cortesia de Jordi Torrent.