En la viñeta, Valentina de Guido Crepax

Article publicat al suplement cultura/s, La Vanguardia, 24 de novembre 2010, dins l’espai dedicat a la commemoració de “Cien años de anarquismo”

Miguel Morey es filósofo, ex colaborador de “El Viejo Topo”, catedrático de Filosofía de la Universidad de Barcelona. Autor, entre otros, de “El hombre como argumento”, “Deseo de ser piel roja”, y “Pequeñas doctrinas de la soledad”

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¿EL CANTO DEL CISNE?

Muy probablemente, cuando llegue el momento de analizar en profundidad lo que fue aquella Barcelona de la transición, los analistas se encontrarán con no pocas sorpresas, tanto por la complejidad y riqueza de lo que tuvo lugar como por la disparidad entre el modo nostálgico con el que perduran aquellos años prodigiosos en el recuerdo de muchos de quienes los vivieron y la evidencia de la durísima represión que acompañó los últimos coletazos del régimen franquista.
La primera dificultad será sin duda establecer los límites precisos del periodo en cuestión. ¿Se encuadrará entre la muerte de Franco (1975) y la entrada en vigor de la Constitución (finales de 1978), o se extenderá hasta el intento de golpe de Tejero, en 1981? Convencional-mente ambas fórmulas podrían resultar adecuadas, pero ¿cómo dar cuenta de todo lo que eclosionó tras la muerte de Franco sin tener en cuenta la larga gestación previa? Incluso si se aceptara como fecha de inicio la de la ejecución de Puig Antich (1974), como se ha pretendido, ¿cómo comprenderla sin tener en cuenta la condonación de las penas de muerte del juicio de Burgos (1970), una debilidad que el régimen se comprometió a no repetir (y así fue, también en septiembre de 1975)? ¿Cómo comprender incluso lo que fueron los MIL sin tener en cuenta la evolución y radicalización del movimiento estudiantil, de 1968 en adelante? Habría que seguir entonces paso a paso la inmediata historia anterior, desde la fundación del Sindicato Democrático de Estudiantes, durante la capuchinada de 1966, hasta su fragmentación en un archipiélago de grupos y grupúsculos, de los que los Comités de Huelga (los chechos) podrían ser un emblema adecuado. Pero, del otro lado, será imposible no prestar atención a la vertiente obrera tan presente en la lucha antifranquista, de Roca a Numax y sin olvidar la durísima huelga de las gasolineras, una vertiente que, ante la burocratización creciente de los sindicatos (y la tendencia pactista que conducirá a los Pactos de Monoica, en 1977), coloca cada vez más a la CNT en el centro de buena parte de todas las expectativas. Pero ni siquiera así, siguiendo el detalle de los movimientos obrero y estudiantil, obtendríamos un mapa satisfactoriamente completo. Habría que atender también a la dimensión contracultural, cada vez más reivindicada: de las comunas a la antipsiquiatría, pasando por el ecologismo, el feminismo, la psicodelia, los movimientos de liberación gay y lesbiana, el cómic, las radios libres o los ateneos libertarios. A lo que debería añadirse, si de lo que hablamos es de la experiencia de una ciudad que un buen día se despierta sintiéndose libre, la bohemia ramblera con sus figuras emblemáticas y lugares de encuentro, sus cultos propios y su parroquia…

Salón Diana
Sí, no cabe duda de que cuando los analistas se enfrenten a esa época se encontrarán con muchas sorpresas y con no pocas dificultades. Es de prever, sin embargo, un punto de acuerdo unánime, una fecha, 1977, como punto álgido de aquella gran movida. Y, de ser así, a buen seguro uno de sus epicentros se situará en el Salón Diana.
En 1976, la Assemblea d’Actors i Directors de Teatre de Catalunya ideó un festival de teatro rompedor para el momento, el Teatre Grec. Pocos meses después un grupo escindido de la AADTC se constituyó como Assemblea de Treballadors de l’Espectacle (ATDE, también ATE), presentando en la fecha canónica un Pon Juan Tenorio a múltiples bandas en el Born, que por entonces era reivindicado como Ateneo Popular (pocas semanas antes acababa de inaugurarse el primer ateneo libertario, en Sants). Fue precisamente este grupo, unos 150 profesionales en su origen, quien se hizo cargo del antiguo cine Salón Diana, con 876 butacas, en la calle Sant Pau, para reconvertirlo en un lugar de experimentación teatral y ciudadana de primer orden. Abrió el sábado de Gloria de 1977, con el Living Theater (7 Meditaciones sobre el sadomasoquismo político), Les Troubadours y Dagoll Dagom (No hablaré en clase), sólo por lo que a teatro respecta. Y es que la programación abarcaba desde matinales infantiles hasta rock de madrugada, zarzuela, danza, circo, cine, tan posible era entrar y toparse con una Aula Brecht como con los indios yaquis ejecutando las danzas rituales del mescalito. Pronto se convirtió en un lugar privilegiado de encuentro, hasta el punto de que, por ejemplo, cuando La torna de Els Joglars fue objeto de la conocida caza de brujas, pasó a constituirse en asamblea permanente. Durante tiempo pareció como si la ciudad hubiera encontrado un espacio abierto para sus vocaciones asambleístas, sin contar con todo lo que se cocía en la trastienda, o en el bar La Piedra, justo enfrente…
Sí, sin duda los analistas del futuro tendrán aquí mucho trabajo por delante. Sólo con que reparen en algo de lo que allí se coció, las Jornadas Libertarias del Park Güell (22 al 25 de julio de 1977), tendrán mucho sobre lo que reflexionar, sobre la capacidad de convocatoria internacional de las jornadas o sobre el civismo que las presidió, a pesar de las provocaciones, por ejemplo. Luego no les quedará más remedio que encararse con lo que allí realmente se hizo. Barcelona Libertaria es la cabecera del periódico que se editó aquellos días, se encuentra fácilmente en la red, con todos los eventos pormenorizados.
No sabemos si los analistas del futuro decidirán que aquellos fueron los tiempos de un sarampión o si se jugó entonces algo de lo que pudo ser y no fue, algo importante, nunca lo sabremos. Pero comenzamos a estar en condiciones, si queremos, de hacernos nuestra propia idea.

Miguel Morey

Cortesia de Jack Torrance